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domingo, 26 de novembro de 2017

Mónica Cadavid Marín




                                                      MÓNICA CADAVID MARÍN  (Misaki)

LO QUE TE OCULTO BAJO LA PIEL

No te oculto nada,
cómo te lo voy a ocultar
si estoy ante ti
tan desnuda
y tan expuesta.

Quizás solo veas piel ante ti,
pero para mí lo es todo,
toda mi vida,
cada cicatriz y cada beso que me dieron.

Cada beso que me diste.

Así que,
cómo te voy a ocultar algo
si también te dejo ver bajo mi piel:
cientos de quilómetros de sentimientos
mostrados solo para ti.

Y, ahora,
mi piel se eriza bajo tu mirada
caliente y húmeda,
que me recorre de arriba abajo,
mientras tu boca me pregunta
que si te oculto algo,
pero solo me apetece callarla con besos.
Unir mi lengua con la tuya
y que tus largos dedos me acaricien.

Acariciarte.

-¿Me ocultas algo?

Me despierto de mi ensoñación.

-No.

-¿Segura?

-No.

-¿Qué me ocultas?

-Te anhelo.

Y, tras largo tiempo,
por fin lo digo en apenas un suspiro.

-Acércate.

Me extiendes la mano
y yo la tomo.

Me la besas
y besas y besas
y besas y besas...

Besas toda mi piel
y, sin darte cuenta,
haces vibrar los cientos de quilómetros
de sentimientos por ti.

- 35 -

                                                  MÓNICA CADAVID MARÍN  (Misaki)

OLVIDO.

Una maraña de sueño
me atormenta.

Cuando apago la luz,
la oscuridad trae consigo
de la mano
el miedo.

Miedo a los recuerdos,
los mismos cada noche.

La misma voz susurrando
húmeda mi nombre.

La misma impotencia,
los mismos llantos y plegarias.

Me despierto
y miro hacia arriba:
cuerda.

Y yo que pensaba
que me volvía loca.

Miro hacia abajo:
mis pies colgando.

Y yo que pensaba
que me guiaban.

Intento hacer algo,
Aterrorizada.

Mis manos, inmóviles,
no me ayudan;
y, mis ojos,
abiertos en la oscuridad,
no dejan de ver sombras.

Sombras de lo que un día fui.
De aquellas risas,
juegos,
tonteos con la muerte
cuando me sentaba
en el borde del balcón
con un cigarrillo encendido
entre los labios;
o al cruzar la acera
todos muy juntos
de la mano.

Pero sin mirar.

Siempre sin mirar.

De igual forma que,
desde hace un tiempo,
al mirar,
ya no veo nada más
que caras tristes
y falsas.

Dios, no sé si me entiendes:
no es cobardía,
es cansancio.

Cansancio de todo,
incluso de la vida.

Quizás en los próximos días
alguien me encuentre
y recuerde
que no quería ser olvidada.

Entonces harán una despedida bonita,
de esas en las que hay muchas flores y pañuelos.

Y se olvidarán.

En un día,
en un año,
en una década
se olvidarán de mi nombre.

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